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"Threes for trees"

Una fórmula verde para ciudades saludables

¿Contribuyen los árboles a mejorar la salud? El silvicultor urbano y profesor de ecologización Cecil Konijnendijk, cree que sí y propone la fórmula del 3-30- 300, que sugiere tener 3 árboles a la vista, vivir en un sector que tenga 30% de cubierta vegetal y estar a menos de 300 metros de un parque.

Nunca es tarde para comprender, que el impacto generado por la especie humana sobre su entorno es un bumerang y sigue un proceso en el tiempo, durante el cual incrementa sus posibilidades para aprovecharlo. Algo así ocurrió desde antes de la modernización, cuando subsistir implicaba depender por completo de los recursos naturales para abastecerse de biocombustible y disponer de espacios para cultivar alimentos y criar ganado, a través de métodos poco ortodoxos como la tala y quema de los bosques, o con la explotación del mineral de carbón, pero siempre en desmedro de la relación armónica que había mantenido hasta entonces el hombre con su entorno.

La situación se agravaría durante la Revolución Industrial, con la invención de la máquina de vapor, un hito que espolearía al hombre a ejecutar acciones más contundentes sobre los ecosistemas, para la explotación intensiva de los recursos naturales frente a la necesidad de contar con la energía que requerían los procesos industriales de la época, a expensas de la contaminación del aire y de los ríos, hasta la irrupción del gas y el petróleo en la escena energética, en la segunda mitad del siglo XX.

Con una industrialización en auge, que requería abundante mano de obra para el desarrollo de la productividad, era de suponer que el hombre y la naturaleza estarían cada vez más distantes. Y es que, al sustituir la agricultura como motor de la economía, el deterioro ambiental se acentúo a tal grado, que los países económicamente más desarrollados, decidieron reducir las actividades contaminantes en sus países, en lo que pareció una toma de conciencia, pero que en realidad fue, una estrategia para seguir intoxicando la atmósfera desde otros territorios, donde no existía conciencia ni legislación ambiental, y con la libertad necesaria para hacer cada vez más eficientes los procesos de producción.

Con estas acciones, el hombre manifestaba su escasa voluntad para preservar los espacios naturales, los cuales sufrieron alteraciones drásticas durante la transformación de las ciudades, siendo sustituidos por construcciones y vías, una vez que la población decidió emigrar. Así, hace una década, por primera vez en la historia, la población urbana logró superar a la población rural, de acuerdo con las estimaciones de la ONU, una tendencia que podría ser revertida en 2050, y que a la fecha registra 79 % para la población urbana y 21 % para la rural.

Dentro de estas circunstancias, y en momentos en que Naciones Unidas ha identificado al cambio climático como “el principal problema ambiental, económico y social al que nos enfrentamos”, recuperar la relación del hombre con los bosques urbanos, las plazas arboladas y los jardines, es más urgente que nunca.

Eso, unido al ritmo en que las emisiones de dióxido de carbono (CO2) fluctúan, pero no decrecen, como consta en el reporte de 2021 de la ONU.  El documento indica que el principal gas de efecto invernadero, el CO2, registró un máximo histórico de 15.300 millones de toneladas de las cuales 40%, corresponden a emisiones del carbón, mientras que el gas natural aportó 7.500 millones de toneladas en 2019. En cuanto a las emisiones procedentes del petróleo, se mantuvieron en 2021 en los niveles previos a la pandemia, con 10.700 millones de toneladas, explicado por el ritmo de recuperación del transporte aéreo.

Es un hecho. Las ciudades y los ciudadanos necesitan más árboles, y no únicamente con fines estéticos, sino vinculados al urbanismo de las ciudades y al uso eficiente y sostenible del suelo. Asimismo, dentro del contexto del cambio climático, el arbolado urbano contribuye, de acuerdo al estudio de Mateo Agudelo y otros, “Impacto de la arborización urbana en la calidad de vida de los habitantes de una población”, “con el enfriamiento o la regulación de la temperatura en las ciudades”, por la capacidad que tienen las plantas “de absorber energía radiante a través de la transpiración”.

Cuando se habla de calidad de vida, se incluye el bienestar psicológico, y los hallazgos de un grupo de investigadores cuando cruzaron los resultados de la encuesta de Salud Pública 2016, realizada por el Instituto de Salud Global de Barcelona (ISGlobal) con la fórmula 3-30-300, son más que reveladores. Ellos encontraron que la salud emocional del individuo estaba en relación directa con su lugar de residencia, con los espacios verdes disponibles y con los mapas de cubierta terrestre; y que quienes cumplían con la denominada fórmula de Konijnendijk, disfrutaban de una mejor salud mental, usaban menos medicamentos y no requerían de consultas frecuentes con sus terapeutas.

Los beneficios del arbolado urbano son sorprendentes cuando se enlazan también con la salud física, que fue el objetivo de un grupo de científicos a cargo de Payam Dadvand, quienes evidenciaron, luego de 30 años de realizada la campaña “Friends of Trees en Portland (Oregón) cuando se plantaron 49.246 árboles en las calles, que la mortalidad por causas cardiovasculares se redujo en la población. Donde, “cada árbol plantado se asoció con reducciones significativas en la mortalidad cardiovascular y no accidental (del 20 % y el 6 %, respectivamente, para los árboles plantados en los 15 a 30 años anteriores)”.

Aunque estos investigadores advierten sobre las limitaciones del estudio, y otros sobre las afectaciones que pudiesen provocar algunas especies vegetales sobre el entorno citadino y el bienestar de los individuos, “el hallazgo de que los árboles grandes tienen un mayor impacto en la salud que los más pequeños es revelador, porque los árboles más grandes son mejores para absorber la contaminación del aire, moderar las temperaturas y reducir el ruido (tres factores relacionados con el aumento de la mortalidad).”

©MMXXIII- MSc. Luz Delia Reyes Plazas

Periodista y Educadora Ambiental

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