Proteger la naturaleza garantiza la vida

Columna En Contacto con la Conservación

Por Luz Delia Reyes

Colombiana, Periodista, Magister en Educación Ambiental y asesora comunicacional de la Fundación Huerto Los Ayamanes

Admitir que nuestro estado de salud depende de la vitalidad de nuestro entorno, supone comprender  los efectos devastadores de la tala, la quema y la modificación de los bosques, y  asumir que los daños se revierten como una especie de karma en quien los causa.

Supone aceptar que el hombre está irremisiblemente conectado con la naturaleza y que cualquier atentado contra el ambiente constituye una acción autodestructiva, porque al poner  en riesgo los ecosistemas, pone en riesgo su propia vida.

En el caso de los bosques, cuando el hombre los despoja de sus árboles, está renunciando a respirar aire libre de CO2, está imposibilitando la supervivencia del 70% de la vida salvaje y  eliminando un regulador natural de la temperatura, como ha venido ocurriendo desde 2016 con la tala de 28 millones de hectáreas de bosque, según la revista  Scientific American.

Cuando el hombre recurre a los incendios forestales como método para la obtención de tierras para la agricultura, la ganadería o la industria, los cuales alcanzaron en 2019 la cifra de 4,5 millones en todo el mundo según Global Forest Watch Fires (GFW Fires), está preparando un medio de cultivo para la difusión de plagas transmitidas por mosquitos como el  zika, la malaria y el dengue, debido a que el nuevo paisaje resulta ideal para la propagación de vectores de estas enfermedades.

Cuando el hombre se aproxima a los hábitats silvestres para alterarlos, extraer o consumir fauna, está favoreciendo el contagio y diseminación en tierra y a través de los cuerpos de agua de virus propios de la especie animal,  hecho que ha estado vinculado a las pandemias registradas desde la peste negra en la Edad Media.

A estas secuelas de la destrucción de los bosques, debe sumarse el cambio climático que se produce al reducirse la humedad por la pérdida arbórea, estimulando los siniestros que liberan millones de toneladas de CO2 a la atmósfera y  acarrean  la muerte a cerca de siete millones de personas cada año, según la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Otra mala praxis sobre las condiciones ambientales de los bosques es la modificación de los territorios por las siembras, los asentamientos y  el trazado de las vías de comunicación sin criterio de sustentabilidad. Entre sus efectos se han podido identificar el aislamiento, la pérdida y reducción de la biodiversidad y en su forma más extrema la exposición del hombre al  contagio y a la propagación de enfermedades infecciosas ya descritas.

Si bien es cierto, la interconexión entre el bienestar de los bosques y el bienestar humano no es una consideración reciente, si ha alcanzado visibilidad y sentido dentro del contexto actual del más grande desastre sanitario de los últimos cincuenta años. Siendo optimistas, también tendrá sentido después de la pandemia, porque si como muchos afirman, en una especie de mea culpa “la vida no será la misma”, es porque se espera que esta vez se haya  producido al interior de los individuos la reflexión que corresponde a su compromiso con el ambiente.

La amenaza a cualquier forma de vida debería bastar para justificar un cambio de conciencia ambiental global. La experiencia vivida con el Covid-19 apuntalada con estrategias didácticas ambientales debería proporcionar el basamento suficiente para apreciar los bosques como fuentes de vida para la vida. Mahatma Gandhi lo percibió décadas atrás: “lo que le estamos haciendo a los bosques, no es sino un reflejo de lo que nos estamos haciendo a nosotros mismos los unos a los otros”.

 

Foto: Cortesía mali maeder 

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Columna N°5: ¿Es Cuestionable el cambio climático?

Cualquiera pensaría, y con sobrada razón, que el cambio climático es una verdad irrefutable. Pero no es así. El tema tiene detractores en la política, la economía y la ciencia,  quienes se dedican a negar, trivializar  y convencer a otros que es  una fábula bien montada con  oscuros intereses.

Históricamente la creencia emerge de  Charles y David Koch, magnates de los combustibles fósiles y se posiciona con  el poder económico y la influencia política que la tercera fortuna más grande de Estados Unidos les permite. Desde la década de los 20, ellos y la petrolera Exxon, han sido los mayores auspiciantes de las organizaciones negacionistas del cambio climático a través de donaciones multimillonarias para eventos y campañas que apoyan y promueven esta presunción.

Para la ONG Green Peace, está claro que  la postura abiertamente negacionista de Koch Industries, identificada en 2010 por el Political Economic Research Institute de Massachusetts, como la décima compañía más contaminante de Estados Unidos, está tutelada por sus intereses petrolíferos y químicos. A tal efecto dispone de una muy bien estructurada  red de colaboradores dedicados a la producción y diseminación de desinformación.

Son tan poderosos los Koch, que como militantes del partido Republicano, han logrado sembrar la idea de  la inexistencia del cambio climático en  líderes como Donald Trump. “No me lo creo” dijo,  y una vez electo, dio marcha atrás a distintas iniciativas de su antecesor Barack Obama y al informe redactado por 300 científicos de más de 13 agencias federales, que da cuenta de las devastadoras consecuencias del cambio climático en la salud, la economía y el ambiente.

Los negacionistas, no aceptan que la temperatura del planeta esté subiendo, ni que la actividad humana lo ocasione. Por esta razón, determinados a restarle credibilidad al contrario están prestos a criticar y cuestionar por el medio que sea,  cualquier iniciativa encaminada a la protección del ambiente de las emisiones de  gases de efecto invernadero.

De esa extensa lista extraemos el filme “La gran farsa del calentamiento global”, producido en  2007 por Martin Durkin, donde se expone el criterio de un pequeño grupo de científicos e intelectuales alineados con esta postura, quienes desde su perspectiva afirman  que es un “gran fraude” y una “mentira” que el hombre sea capaz de generar un fenómeno de esta magnitud.

Y  si las razones de la ciencia resultaran insuficientes, Jim Inhofe acérrimo negacionista del cambio climático, intentó explicarlo a través de argumentos bíblicos  en su libro “La más grande de las mentiras: Cómo la conspiración del calentamiento global amenaza su futuro”, tomando del Génesis: “Mientras la tierra permanezca, habrá tiempo de siembra y cosecha, frío y calor, invierno y verano, día y noche”. Lo que significaría que  “Dios está todavía allí arriba. La arrogancia de la gente que piensa que nosotros, los seres humanos, podríamos cambiar el clima me resulta indignante”.

Pero a medida que la temperatura y el nivel de los océanos suben, el tono de los  negacionistas contra los activistas defensores del ambiente ha ido escalando a descalificaciones y en este campo Donald Trump y Jair Bolsonaro, han demostrado un inusitado talento. En noviembre de 2019, el presidente de Brasil acusó sin pruebas, a Leonardo DiCaprio de haber aportado US$5 millones para incendiar el Amazonas,  y atacó a la ecologista Greta Thunberg líder el Movimiento Juvenil Climático,  tildándola de “mocosa” (pirralha) .y acusándola de estar haciendo un show en la cumbre climática.

Está claro que dar a conocer todas las posturas posibles sobre un tema como el cambio climático es importante y necesario, pero hay que aceptar que la controversia que esto ha generado, arroja un manto de ambigüedad sobre la responsabilidad de los ciudadanos  e industriales del mundo, aupando a quienes  Latour denomina “quietistas climáticos” porque liberaría  a  aquellos que esperan  que todo se solucione sin que tengan que hacer nada.

La buena noticia es que el negacionismo, definido como “el rechazo a aceptar una verdad empíricamente verificable” pierde  fuerza ante el cúmulo de evidencias indiscutibles y como lo subraya DiCaprio: «a menos que vivas en una realidad alternativa, no hay más tiempo para la negación”.

Msc. Educación Ambiental Luz Delia Reyes