Nuestra casa común

Lo dijo Leonardo DiCaprio, actor y activista medioambiental al relatar los pormenores de su encuentro con el papa Francisco en 2016: “el ambiente no solo es asunto de científicos, empresarios y gobernantes, también lo es de la Iglesia y de  los católicos”. Esto como una respuesta extemporánea a la descalificación lanzada por los conservadores republicanos, quienes un año antes habían tildado de marxista al Santo padre,  recomendándole dejar el ambiente a los científicos y ocuparse de la teología y de la moral.

El motivo del malestar fue la publicación de Laudato Si (Alabado seas) en junio de 2015, una Encíclica que aborda valientemente el tema del calentamiento global y sus consecuencias fundamentado en las conclusiones de los científicos, quienes atribuyen este fenómeno a “la gran concentración de gases de efecto invernadero, emitidos sobre todo a causa de la actividad humana” y en el libro del Génesis donde se expresa taxativamente el deber de cuidar la casa común, que es como denomina a la creación, al ambiente.

El documento pone el acento, no solamente en las acciones que ejecuta el hombre en perjuicio del ambiente, sino  también en las omisiones. En el punto: “los cristianos orantes que se burlan del ambiente”, el papa califica de “burla” la incoherencia que se da en la relación de los católicos con el entorno, porque su preocupación por la contaminación ambiental es solo apariencia ya que no tienen intención de cambiar sus hábitos. Les hace falta, dice “una conversión ecológica, que implica dejar brotar todas las consecuencias de su encuentro con Jesucristo en las relaciones con el mundo que los rodea”.

Esta  transformación que garantice la conservación de  «la casa común que Dios nos ha confiado», obliga al hombre a poner fin a la “cultura del descarte” responsable de la pérdida y  la destrucción de alimentos, totalmente opuesta a la misión de cuidar y cultivar la Tierra  para la cual fue creado. El impacto de la realidad contra este ideal bíblico queda expresado  en las estimaciones de la Organización de las Naciones Unidas  para la alimentación y la Agricultura (FAO) que  afirmaba en 2018, que un tercio de todos los alimentos se pierde o se desperdicia cada año en el mundo, lo que  representa 1.300 millones de toneladas. El respeto hacia los alimentos, indica la agencia, además de reducir  el hambre que hoy afecta a 820 millones de personas, sin duda favorecería el uso eficiente de la tierra y de los recursos hídricos, lo que redundaría  en la lucha contra el cambio climático.

Si bien es cierto que Laudato sí, no es una encíclica verde y las discrepancias en el  diálogo ciencia – religión sobre el tema ambiental seguirán existiendo, también es cierto que el hombre es el punto de aproximación entre ambos discursos, porque un cambio cultural en favor de la  naturaleza solo puede lograrse a través del cambio individual; es decir que cada quien debe asumir la cuota de responsabilidad que le corresponde.

Este novedoso y atractivo recurso de la Iglesia Católica, para incentivar  acciones positivas hacia el ambiente a través de los argumentos de la fe, es una poderosa herramienta de educación ambiental si consideramos que según las estadísticas del Vaticano hasta 2017 el número de católicos en el mundo ascendía a 1.285 millones 17,7% de la población total del planeta.

…después de todo en fin justifica los medios y en este caso…la fe mueve montañas.

MSc. Educación Ambiental. Luz Delia Reyes