Traficados y Torturados

Columna En Contacto con la Conservación

Por Luz Delia Reyes
Colombiana, Periodista, Magister en Educación Ambiental y asesora comunicacional de la Fundación Huerto Los Ayamanes.

Los vinculan a la transmisión  de enfermedades y  al mismo  tiempo contribuyen a salvar vidas. Una paradoja que solo puede ocurrir  en la interconexión de la fauna con el hombre.

La biodiversidad sigue cobrando una visibilidad inusitada dentro del ámbito de la pandemia por su sorprendente comportamiento en hábitats urbanos desolados a causa del confinamiento y porque el depredador le ha mostrado su peor rostro al disponer de mayor  libertad, menos controles y  nuevas estrategias.

La preocupación de la ONG Wildlife Justice Commission sobre el posible incremento de la caza furtiva, que según los entendidos es para la biodiversidad una amenaza más grande que la degradación forestal, se hizo palpable, porque este delito encontró en el cierre de los parques y  la reducción de vigilancia un escenario favorecedor a la acción de las redes criminales.

Se sabe también que los humanos de comunidades locales y foráneas, no han dejado de colocar trampas para la caza y la captura de especies y proveer  de vida silvestre al  tráfico y al consumo, más allá de cualquier consideración sanitaria.

En esta cadena de depredación que inicia con la pandemia, enlaza con el confinamiento y este con el cese de actividades y el desempleo, los delitos contra la fauna silvestre se enmascaran en la necesidad y la urgencia por conseguir ingresos a toda costa, como ocurrió con  la pesca ilegal del esturión en Rumania, Bulgaria y Ucrania, una especie amenazada que  incrementó su precio durante el aislamiento en forma exorbitante, como bien de lujo en el mercado negro.

Naciones Unidas, concretamente la Secretaría para la Convención de la Diversidad, convalida esta apreciación en otros escenarios, atribuyéndole al consumo y mercadeo de especies salvajes carácter de “necesidad” para millones de personas, debido a la pobreza que las arropa. En este contexto, no es de extrañar que las redes sociales se hayan prestado a la conexión de  traficantes y compradores de especies silvestres, más, si no existe control y seguimiento efectivos que los alcance.

A este respecto, Terrarístika es sólo la punta del iceberg del mercado global de especies. Una  feria  reconocida como la más activa del e-comerce que se realiza cada cuatro meses en Alemania y donde se comercializan reptiles vivos sin ninguna restricción.

Facebook ha sido señalada como la más utilizada en esta actividad ilícita, aunque dentro de sus políticas comerciales establezca taxativamente la prohibición de promover la venta de animales y sea miembro de la Coalición para Poner Fin al Tráfico de Vida Silvestre en Línea.

Con la tecnología como aliada, la depredación de la fauna silvestre para el tráfico, se dinamiza a un  ritmo cada vez más acelerado, mermando las  poblaciones de vertebrados en un 60% en promedio en los últimos 40 años, por tratarse de un negocio con ingentes  ganancias que rondan los 20.000 millones de euros al año.

Este crimen contra la sustentabilidad, tanto o más lucrativo que el tráfico de drogas o de armas, crece sin control, de ahí que  en el balance de bajas aportado por National Geographic estén: 100 tigres, 20.000 elefantes y más de 1.000 rinocerontes, añadiendo a la lista a 1.000 guardaparques que han sido asesinados en los últimos  diez años por cazadores furtivos.

El Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF) añade a las anteriores consideraciones un elemento aún más preocupante y de urgente atención dentro del escenario actual, subrayando que los mercados ilegales de fauna silvestre no solamente afectan la biodiversidad, sino que “constituyen una amenaza para la salud humana”, en alusión al intercambio que se efectúa entre estas dos especies durante la captura, transporte y venta, favoreciendo la transmisión de virus u otros patógenos, caso de los pangolines malayos incautados en China portadores de virus similares al COVID- 19.

No obstante, desde otra perspectiva de la relación hombre-animal, otras especies como ratas, conejos, perros y gatos, han sido utilizados desde hace seis siglos en la experimentación, o vivisección para el desarrollo de la industria militar, química, cosmética, médica y farmacéutica, por solo mencionar algunas de las que se sirven de animales en sus laboratorios. Sus implicaciones éticas, la crueldad y los peligros inherentes, han enfrentado el rechazo de la ciencia y de la sociedad, forzando a los gobiernos a legislar sobre la prohibición del testeo en animales y el uso de otros métodos.

Ya es hora de que el hombre asuma el compromiso que le corresponde como componente esencial del equilibrio existente entre su entorno, la biodiversidad y la salud. Es momento de tomarse en serio la iniciativa  “One Health” (Una sola Salud) ahora más vigente y más urgente que nunca.

Fotos: Cortesía Iván Valencia, WWF, Dragón barbudo

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