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Lucro y devastación

¿Cómo entender que, cuando se han encendido las alarmas por la sustancial reducción de la biodiversidad debido, entre otros factores, al cambio climático, el tráfico ilegal y la fragmentación de sus hábitats, algunos gobiernos continúan permitiendo los concursos de caza, los safaris y la cacería enlatada?

En la base de todas estas formas de devastación practicadas por el hombre, el lucro,  aparece como un poderoso incentivo que induce a los depredadores a ignorar cualquier advertencia o riesgo, y a perfeccionar cada vez más, las técnicas y estrategias para atrapar a sus presas y evadir los controles, operando en red desde países sin restricciones y negociando a través de internet, donde el anonimato robustece un mercado negro en auge, que ostenta el cuarto lugar en la lista de los negocios ilícitos más productivos del mundo, con utilidades anuales que van desde los 70 mil a los 213 mil millones de dólares, de acuerdo al Programa Medioambiental de Naciones Unidas (PNUMA).

Pese a su clandestinidad, el Colby College de Estados Unidos y la Universidad Simón Frazer de Canadá, logró precisar las especies mejor cotizadas en el mercado negro, a través de un inventario elaborado en 2021 que ubica en primer lugar al rinoceronte blanco, valorado en $368.000 y cuyo kilo de cuerno, triplica al precio de un kilogramo de oro. Del mismo modo, un tigre ofertado en la clandestinidad, ronda los $350.193, que no se compara con un kilogramo de su pene destinado a actividades culinarias y usos medicinales, que llega a costar 473.506 dólares, 12 veces más que la misma cantidad en oro.

En el mundo marino, la caza furtiva no le da tregua al tiburón ballena por el que pueden obtener $341.139 dólares para el aprovechamiento de sus aletas, piel y aceite. Cuando se calcula que solamente quedan 5.000 ejemplares en la naturaleza, el rinoceronte negro se cotiza en $288.000 por sus cuernos. Igual suerte corre el tiburón peregrino, escualo, que, a pesar de estar protegido en todo el mundo, aparece en este documento, debido a que su carne y aletas son altamente demandadas y por las cuales están dispuestos a pagar $131.348.

Cuando se habla de depredación, no se puede ignorar el azote implacable del cambio climático sobre cualquier forma de vida del planeta, cuya gravedad es descrita, en  el informe Sintiendo el Calor: El destino de la naturaleza más allá de los 1,5 °C de calentamiento global, publicado  en 2022 por el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF)  que pone el acento, en la velocidad con la que se está calentando la Tierra,  y sus consecuencias: “Con el aumento de la temperatura media global y sumado a otros motores de la pérdida de biodiversidad, los hábitats se han ido reduciendo significativamente, recursos vitales como el agua y el alimento escasean, y entornos que antes resguardaban especies ahora son inhabitables”. Un escenario altamente nocivo para la vida, que se estima impactará en forma definitiva en algunas especies y forzará a otras a adaptarse a condiciones climáticas extremas o a cambiar de hábitat, para poder sobrevivir. El plus de la extinción sería un desbalance generado por la reducción de las ventajas ecosistémicas para la producción de alimento, agua, oxígeno y en la absorción de dióxido de carbono; causa por la cual, estarían amenazadas las tortugas laúd, los pingüinos emperador, leopardos e hipopótamos, entre otros, que requieren de suficiente agua y de temperaturas adecuadas para su reproducción.

Pero hay otros depredadores que actúan a plena luz del día y con la anuencia de las autoridades, tan letales como los ya mencionados, quienes, armados no solamente con rifles, sino con el argumento de que “no estamos infringiendo la ley” y “esta actividad contribuye al equilibrio de los ecosistemas”, intentan justificar las matanzas en las que participan cada año en algunos estados de Norteamérica. Los más perseguidos son los coyotes, cuyo incremento, dicen, ha puesto en peligro la supervivencia de algunas especies endógenas y de los animales domésticos. Por esto, y porque se trata de una práctica ancestral, los participantes en estos torneos tienen licencia para disparar a la mayor cantidad y a las más grandes presas para obtener premios, que en 2022 totalizaron 400.000 dólares.

El ingenio destructor del depredador alcanza su máxima cota en lo que se denomina turismo cinegético o caza deportiva, que otorga a quien lo pueda pagar, la patente de corso para abatir especies en su ambiente natural. Detrás de la fachada de empresas de servicio de safaris, se encuentran guías profesionales que ofertan expediciones a Zimbabue y Sudáfrica a costos que van desde los 23.000 euros y cuyo mayor atractivo es asesorar a los turistas en el asecho, persecución y cacería de cualquiera de los grandes depredadores de la sabana. Las víctimas de esta modalidad se contabilizan por miles, pero el mundo no olvida la muerte de Cecil en 2015, un león de 13 años cuya vida fue vendida por 50.000 euros al estadounidense Walter Palmer, solo para añadir un trofeo más a los 3.166 de león, importados a Estados Unidos desde África.

Aunque ese no fue el caso, se sabe que buena parte de estos trofeos fueron obtenidos por cazadores inexpertos a través de la cacería enlatada (Canned Hunting) otra modalidad de depredación lenta y dolorosa, que continúa en ascenso entre los millonarios aficionados a este “deporte”, quienes están dispuestos a pagar grandes sumas por la oportunidad de matar animales exóticos criados en granjas para este fin y exhibirlos como trofeos. Los interesados solo cancelan la tercera parte de lo que les costaría matar un león en estado salvaje, porque los organizadores les facilitan la tarea, liberando a las presas dentro de un recinto cerrado, algunos drogados previamente para que no puedan huir ni defenderse; un negocio que le deja a Sudáfrica anualmente 10 millones de dólares netos y al cual nadie está dispuesto a ponerle freno.

La libertad e impunidad, pero más que nada sus ansias de enriquecimiento, han exacerbado la naturaleza depredadora del hombre que se suma a los demás factores considerados como coadyuvantes de una posible sexta extinción….

(c) 2023 MSc. Luz Delia Reyes

Educadora ambiental y periodista

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